martes, 29 de octubre de 2013

47 días despúes

Treinta y un días sin pisar la calle.
La gente ya se empieza a abrigar mucho más, desde mi ventana se ven bufandas y guantes de colores, gorros graciosos y niños pidiéndole al cielo para que empiece a nevar.
Niebla está desesperada por pisar la calle, por desaparecer de la seguridad de nuestro cálido hogar.
Parece mentira pero desde que te marchaste no soy capaz de abrir la puerta y enfrentarme al mundo.
Las comidas ya no son grandes manjares, todo lo contrario, tostadas con alguna mermelada casera de las que solíamos hacer juntos, alguna que otra comida precocinada y ninguna fruta de temporada.
Empiezan a acumularse los periódicos enfrente de la puerta, y todavía pienso que la abrirás y gritarás que porque siguen aún ahí.

Día treinta y dos, no puedo aplazarlo más, hoy he decidido salir.
No tengo muy claro hacía donde tengo que ir, lo único que me relaja es saber que Niebla sabrá donde llevarme.
Desde la ventana no parecía que hiciera tanto frío, no me he abrigado lo suficiente aunque todavía puedo soportar el aire fresco pero se me hace demasiado real caminar sin tenerte a mi lado. Espero que me eches tanto de menos como yo te echo a ti.

Hemos pasado por el bar donde solías esperarme, el bar de las penas felices, y no estabas, como ibas a estar. 
El viejo de la chaqueta gris me ha venido a saludar, todavía no he aprendido su nombre, tampoco es que quiera recordarlo pero sé que cuando lo decías tu sonaba tan dulce.
Jorge, Juan... Javier, Javier es como se llamaba.
En estos momentos si pudiera llamarte te gritaría, deberías seguir esperándome allí y no estás.
¿Qué es lo que hice tan mal para que te marcharas?
¿Debería habérmelo esperado?

Día treinta y tres.
He vuelto a bajar a ver al viejo Javier. 
Es muy buen conversador, ha estado dos horas explicándome el porqué debería seguir sonriendo y superarlo. Aun que superarlo conlleve superarte.
La última frase antes de marcharse que me ha dicho es que " Un mar en calma no hace buenos pescadores"; no la he acabado de entender, sigo pensando en ello.
Te prometí que seguiría adelante, ante toda adversidad, soy una cobarde, una mentirosa, no se ir más allá de donde me enseñaste, aún te necesito.

Día treinta y cuatro.
Esta  nevando! Un precioso manto blanco cubre casi todo donde alcanzo a ver.
Hoy decidí, bien temprano, que saldría, que llegaría más allá del tercer cruce y volvería.
Saldré descalza, quiero sentir el frío, quiero que roce mi piel y la entumezca.

Día cuarenta y siete.
Abuelo creo que ya sé cual es el secreto de la felicidad.
Te sigo echando tanto de menos, pero en eso consiste la vida, en conocer y despedirse de gente.
Me duele que te fueras, pero gran parte de ti la dejaste aquí, conmigo; Cuidare bien de Niebla y también de  mi.

PD: tenía razón el viejo Javier, hace falta un buen oleaje para aprender a sobrellevar los cambios aun que también hay que saber mantener la vela de cara al viento, para ir siempre hacia delante.

Hasta siempre abuelo, hasta siempre amigo.



miércoles, 18 de septiembre de 2013

La vivimos a nuestra manera

Cada uno posee una vida, pequeña o grande, irremediablemente nuestra, intransferible y hay que vivirla. Sin saber muy bien como, hay que aprender a apreciarla a crearla a tu gusto, a sobrellevarla con los que están a nuestro lado y los que ya se fueron.
Tienes que verla siempre con tus ojos; los que no juzgan, solo aprenden.
No se pueden llevar dos vidas, hay que elegir la que más feliz te haga sentir, con sus pros y sus contras.

Solo tenemos una vida en nuestras manos, una vida que puede crear o destruir otras muchas más vidas.
Una vida que puede unirnos o separarnos.
Una vida que tenemos derecho a elegir.
Hay instantes que duran una vida, y vidas que duran un instante.

Hay que aprender, sobrellevar y respetar todas y cada una de las vidas que nos rodean.
Y al final, cuando nuestra luz se este apagando sabremos que nuestras vidas merecieron la pena porque las vivimos A NUESTRA MANERA

martes, 21 de mayo de 2013

En busca de mi vida I


Ni aguardiente ni ron, ni si quiera vino con gaseosa, nada.
Toda y cada una de sus botellas... vacías.
Las estanterías sucias, la cama  a medio hacer y despeinada como siempre.

Todos pasamos malas rachas y ya era hora de acabar con esta.
Alicia, una chica corriente, de ciudad corriente; Pero con una diferencia de la gente corriente, ella se creía especial.
 Y aun que todavía no lo sabia, lo era.
Después de unos años con algunas dificultades en su vida, llamemos las así, empezaba de nuevo.
Muchas cajetillas de tabaco, mucho alcohol en sangre  y muchas noches sin recuerdos eso es todo lo que dejaba  atrás. Era hora de volver a ser. Simplemente, ser.